Artículos de Opinión

La FIBOL sigue desde hace años una orientación política tendente a situar a las Bibliotecas como eslabón práctico, en su lugar de acción lacaniana, con los aficionados al psicoanálisis y con la opinión ilustrada de cada ciudad. Retoma la expresión de Jacques-Alain Miller, en el sentido de dedicarse a la “educación freudiana” de la población. Al igual que la Escuela, una Biblioteca no abre sus puertas tan sólo a especialistas: acoge tanto a los analistas como a los no analistas.

Artículo de opinión

Dios abandona el canto

Gabriel Albiac.
 
ABCD. Revista de las Artes y las Letras de ABC, número 940, 14 de marzo de 2010
 
Tres personajes escuchan, en el atardecer, el canto casi místico de un ruiseñor oculto: los personajes son un aristócrata desengañado y melancólico, lord Ewald, un sabio legendario, Thomas Alva Edison, y una bellísima dama que responde al nombre de Hadaly. Ewald compara la perfección de ese canto a la armonía que Dios pone en el mundo. Edison le responde, amable y distante: «Admírelo. Pero no trate de saber cómo se produce». Sonríe Ewald ante la estrafalaria salida de su excéntrico amigo: «¿Cuál sería el peligro, en caso de intentarlo?» No es el gran ingeniero, como absorto en sí, quien responde. La voz -tan armoniosa como el canto del pájaro- de la mujer lo hace: «Dios se retiraría del canto». Pero Ewald es testarudo, y su curiosidad no ha hecho sino excitarse ante aquello que no entiende por qué no debe entender. Y Edison debe, al fin, darle respuesta: no hay ruiseñor, hay un ingeniosísimo artilugio eléctrico que da más perfecta música de ruiseñor que la de ruiseñor alguno. El canto continúa, cristalino, en el silencio.
 
 
OBRA DE INGENIERO. Hadaly se inclina sobre su hombro: «Se lo dije. Dios se ha retirado del canto». La imagen podría ser conmovedora. Y el susurro de la bella al oído del desencantado debería suplir con ventaja la dulzura del cantar del ave. Pero también Hadaly es un autómata. Obra perfecta del ingeniero que calla.
 
 
Está en el capítulo que lleva como título «Dios» de la novela extraña en la cual Villiers de l´Isle-Adam trabajó durante años antes de darla a imprenta, en 1886 con el título de La Eva futura. Ridley Scott le rinde homenaje conmovedor en una de las secuencias más líricas de la Historia del cine: Deckard (Descartes, tal vez, que fue el primero en teorizar el cuerpo humano como autómata), perseguidor de replicantes, aguarda en la enorme sala de espera de la Tyrell Corporation a la secretaria del sabio que ha tejido ese imperio asombroso de clones. Se escucha un roce de plumas súbito en el aire.
 
 
Un búho suntuoso sobrevuela la alta sala. Al fondo, ruido rítmico de tacones. Enseguida, la imagen de una mujer -quizá la más bella imagen de mujer en el cine de los últimos cuarenta años- que avanza. Perfecta. ¿Demasiado? «Le gusta nuestro búho?», pregunta. Pero Deckard es demasiado profesional como para dar respuestas. «¿Es artificial?». Y ella lo mira, displicente: «Por supuesto». «¿Caro?». «Mucho»...
 
 
LO INEVITABLE. El espectador de treinta y dos años que yo era cuando vi por primera vez aquel prodigio, sobre una pantalla de la Gran Vía de Madrid que ya no existe, no necesitaba más para saber lo que venía: la tragedia del amor hacia aquello que no es real; el amor loco de Deckard hacia la Rachel demasiado perfecta para ser mujer. Hadaly, nuevamente.
 
 
No es demasiado leído Villiers de l´Isle-Adam entre nosotros. Pero, de los prosistas del final del siglo XIX francés, es el que yo prefiero. No es su obra maestra, La Eva futura. Pero todas nuestras mitologías están en ella. La certeza, sobre todo, de que sólo aquello que no es lo que dice ser nos conmueve. La certeza de que lo real es ominoso.
 
 
La trama de la novela de Villiers es sencilla: bella y terrible al tiempo, como corresponde a todo lo poético. Dos personajes masculinos: el desengañado y el sabio, al cual Villiers da el rostro de un personaje mítico en el París que sigue a la Exposición Universal. Para él, Edison es arquetipo de la inteligencia al servicio de la supresión del sufrimiento.
 
 
UNA PRESENCIA INSUFRIBLE. Viejos lazos unen al aristócrata con el ingeniero, al cual rinde visita en su mansión-laboratorio de Memlo. Es una despedida. Ewald ha tomado ya la decisión de suicidarse. Habla a Edison de una joven -cuyo sintomático nombre es Alicia, «la verdad» en griego- tan bella cuanto estúpida.
 
 
Su presencia es moralmente insufrible; su ausencia, estéticamente insoportable. Edison trata de poner cura a lo fatídico. Él construirá un autómata, idéntico en todo a Alicia, salvo en su peculiaridad anímica. La «andreida» («replicante», en el léxico de P.K. Dick, que usa Blade Runner) poseerá un almacén de pensamientos, palabras, inteligencia y sensibilidad exquisitos, además de ser físicamente indistinguible de su modelo. En ese punto arranca la novela.
 
 
«¿Conoce usted el test de Voight-Kampff?» ¿Cómo no va a conocerlo? Deckard vive de aplicar esa técnica para la identificación de clones. «Me gustaría hacer una prueba con resultado negativo», ironiza el ingeniero Tyrel. «¿Con usted?» «No. Con ella...».
 
 
JUGUETE ROTO. Al final de la larga serie de preguntas, un Harrison Ford en su mejor momento apaga el ordenador con algo, él mismo, de juguete roto. No dice nada. Nadie se lo pregunta. Tampoco el espectador frente a la pantalla. No es necesario. Como el lector de Villiers, sabe ya cuál es la única mujer verdadera: la que no existe, la andreida, la replicante... No hay objeto de deseo a la altura del delirio humano que pueda corresponderse con realidad humana alguna. Sólo en lo que no existe se consuman los anhelos de los hombres.
 
 
La más intensa poesía lírica dio soporte literario a eso, bajo la forma del amor cortés, en lo que Lacan llama «la más alta astucia» del inconsciente humano: poner como renuncia lo que es un imposible, el encuentro absoluto entre dos sujetos. Sólo lo inmaterial pone lo que el deseo material exige. Y, al roce del conocimiento que lo desentraña, «Dios se retira del canto».
 

Una brillante farsa

 



Una brillante farsa

BERNARD-HENRI LÉVY
 
from: el País

Pues sí... A menudo he citado un libro de Jean-Baptiste Botul publicado en 2004 por las ediciones Mille et une Nuits y titulado La vida sexual de Emmanuel Kant (¡genial, este título!). Lo comenté ante los alumnos de la Escuela Normal Superior de la calle Ulm, el pasado 6 de abril, y volví a mencionarlo en De la guerra en filosofía, que es el fruto de esa conferencia. Pues resulta que el libro es una farsa. Una farsa brillante y muy verosímil surgida de la imaginación de un periodista guasón de Le Canard Enchaîné, Frédéric Pagès, que además es un buen filósofo. Y yo me la tragué, como también se la tragaron, antes que yo, los críticos que reseñaron el libro en el momento de su aparición. Me la tragué como Pascal Pia y Maurice Nadeau se tragaran el falso Rimbaud inventado por Nicolas Bataille y Akakia-Viala. Y como tantos eméritos lectores se tragaran los falsos Gary, que éste firmaba "Ajar", o al falso Marc Ronceraille inventado por Claude Bonnefoy, que llegó incluso a dedicarle un volumen de la prestigiosa colección Escritores de siempre. Así que sólo tengo una cosa que decirle al artista -y es de corazón-: ¡Chapeau! Bravo por ese Kant inventado, pero más real que el de carne y hueso, y cuyo retrato, ya lo firme Botul, Pagès o Perico de los palotes, sigue pareciéndome igual de acorde con mi propia visión de un Kant (o incluso de un Althusser) atormentado por demonios menos conceptuales de lo que parece. Como es sabido, las bromas intelectuales son una tradición normalista, así que reconozco haber experimentado cierto placer al caer en la trampa, a mi vez, de una mistificación tan bien tramada.

Pasemos a algo más importante. El domingo pasado tuvo lugar en la Maison de la Mutualité, en París, el XII Fórum de los Psys, que Jacques-Alain Miller me había pedido que presidiera y cuyo lema era "Evaluar mata". ¿Y por qué evaluar mata? ¿Por qué esa manía de evaluarlo todo, en particular en la empresa, tiene consecuencias mortíferas, como vimos por ejemplo con ocasión de los suicidios en serie de France Télécom, a los que le dediqué un artículo el 15 de octubre de 2009? Al menos por dos razones. Quien dice "evaluar" dice "comparar", y comparar implica desencadenar en el seno mismo de la empresa una rivalidad mimética generalizada, una guerra de todos contra todos, una lucha que tendrá, entre otros efectos, el de romper las solidaridades que antaño entretejían el vínculo social y hacían que, cuando un obrero flaqueaba, cuando uno de los peones de "La taberna" no se encontraba en condiciones de seguir, otros lo reemplazaban y, así, le permitían tomarse un respiro.

Y, además, quien dice "evaluar" dice "contabilizar"
, y quien dice "contabilizar" dice, por definición, reducir al ser humano a su dimensión cuantificable, eliminar de él todo lo que tiene que ver con el deseo, la libido, los caprichos, los lapsus y los accidentes del inconsciente, o del alma; en otras palabras, con la vida. Y, queramos o no, eso equivale a transformarlo casi automáticamente en un objeto, en un cero a la izquierda, en un desecho, y al final, según sea mayor o menor la resistencia de cada uno, tal vez, a empujarlo al suicidio. El capitalismo moderno conoció una etapa de taylorismo. Tuvo también una "fase Bentham", el inventor del famoso panóptico y de su sistema de vigilancia permanente y generalizada. Pues bien, puede que ahora esté entrando en la era de las TCC -terapias cognitivas y de comportamiento-, cuyos inevitables daños vienen denunciando, casi en exclusiva y hace ya mucho tiempo, los analistas lacanianos de la Escuela de la Causa Freudiana.

Y algo sin duda más importante aún. Olivier Besancenot le ha propuesto a una mujer velada que represente a su partido en Provenza-Alpes-
Costa Azul, con vistas a las próximas elecciones regionales. Esta decisión es odiosa por tres razones. Porque contraviene los principios del laicismo que, pensemos lo que pensemos de la ley sobre el burka -que desde hace algunas semanas agita a la opinión pública-, prescribe que hay al menos un espacio, aquel en el que se expresa o, mejor dicho, en el que se construye, se moldea y deja oír su voz la ciudadanía, en el que esta clase de signo no tiene cabida. En segundo lugar, porque es una bofetada para todas las mujeres que creían comprender que, hoy por hoy, son iguales a los hombres y que su rostro es por tanto un rostro, un verdadero rostro, no un objeto de escándalo, no un desorden que hay que controlar, no algo ofensivo que nadie quiere ver y convendría disimular, no una impureza. Y, finalmente, es odiosa porque, además, es un ultraje a todas las mujeres que, fuera de Francia y, en particular, en los países de mayoría musulmana, luchan a rostro descubierto contra una prescripción que, como ellas bien saben, no es religiosa, sino política, política de principio a fin, y cómplice de las tiranías más aterradoras.

¿Cómo compartir la inquietud e incluso la solidaridad del mundo con esas mujeres que en estos momentos desfilan por las calles de Teherán, si nos prestamos, aquí mismo, a avalar e incluso a promover los emblemas de la política contra la que ellas se rebelan? El laicismo, el feminismo y el internacionalismo fueron principios fundamentales de la extrema izquierda en los tiempos en que ésta tenía alma. Pues a esos tres principios, es decir, a lo mejor de su memoria, es a lo que le dan la espalda hoy sus oscuros y abusivos herederos.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.